¿Cómo llevas el frío?

Es la pregunta que más me hacen desde España. Hablar del tiempo es el recurso más común cuando se quiere entablar conversación con el vecino en el ascensor, y está bien así porque puede dar pie a muchas conversaciones. Y si funciona en el ascensor, ¿por qué no puede funcionar en un blog?

Además, el clima es un tema más importante en Canadá que en España. En una gran parte del país, afecta al día a día de una manera que deja a los españoles que hablan de las inclemencias del tiempo como unos quejicas. En Nueva Escocia llueve durante muchos días, muchos más que en el peor lugar de Galicia. El clima desgasta a los coches a mayor velocidad, aquí es normal ver circular coches mucho más cascados que en España. También la combinación del duro invierno e intolerancia al que fuma entre cuatro paredes hace que muchos potenciales fumadores abandonen la idea.

En Enero y Febrero lo normal aquí es estar a diez o quince grados bajo cero; en el interior del país, se llega a los treinta bajo cero. En ese mismo interior tienen veranos superiores a los treinta sobre cero. Las mismas casas que tienen que estar preparadas para el frío, no pueden estarlo tanto para el calor, lo que hace que en verano, la gente lo pase sorprendentemente mal para alguien que viene del Mediterráneo.

Hay otra razón por la que el clima es un asunto más grande en este país; Canadá es uno de los países más responsables del cambio climático. Es el país de las arenas de alquitrán de Athabasca y el único país que no ha firmado el Protocolo de Kyoto, pero también es el país que vio nacer a Greenpeace. No puedo evitar pensar que hay más motivos para ser ecologista en Canadá que en otras partes del mundo, aunque sé que eso es relativismo incoherente. Cruzar el país y poder disfrutar de tanta naturaleza virgen, de esos bosques y montañas, es maravilloso.

Aunque esa naturaleza virgen también es un contraste enorme con los cientos de camionetas pick-up, de Hummers y demás bestias mecánicas que pueblan las carreteras canadienses, especialmente en el oeste. Esa es la tierra del petróleo y como tal, todo gira en torno a él: si alguien quiere un café o una hamburguesa, se monta en su pick-up, lo conduce dos minutos, lo pide en los drive-thrus del Tim Horton’s o McDonald’s, y se toma su pedido sin salir de la camioneta. Las calles, las ciudades, no están hechas para el peatón y a veces son hostiles hacia él.

También en el oeste uno puede encontrar a gente que niega el cambio climático, en proporciones más grandes que en la beata Europa. No pretendo juzgarles con superioridad moral; la mayoría de los españoles ha creído en peores quimeras, como la del ladrillo. El petróleo de Alberta es un manjar lo suficientemente goloso como para hacer dudar de cualquier verdad a parte de su población.

También los hay más realistas -y cínicos, quizás-, como la alcaldesa de Fort McMurray, que dice el cambio es real y que sólo les va a traer cosas buenas: tienen la suerte de no estar en la costa, los inviernos serán menos duros y el valor de su tierra subirá. Por muy escandaloso que parezca, me temo que de alguna manera, tiene razón. Incluso en los futuros escenarios climáticos más apocalípticos, los habitantes de la pradera canadiense pueden tener motivos para el optimismo, aunque sea un optimismo egoísta, tienen la sartén por el mango.

Volviendo al tema original, por si acaso os interesaba, la respuesta a la pregunta del título es que llevo muy bien el frío. Me costó más adaptarme cuando llegué a Madrid, sin conocer nada más que el calor de Murcia. Te puedes proteger del frío con un buen abrigo, pero no hay nada que te proteja de la pachorra de esos días de 40º en España que provocan siestas involuntarias, y creo que no he dormido ninguna siesta desde que estoy aquí.

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